‘Con un dolor inmenso’, porque fue ‘uno de los pilares’ de su vida. Lea Vicens, se expresaba así, a los medios de  comunicación tras llegar al Rancho El Rocío para dar el último adiós a su mentor, Ángel Peralta, alguien por quien “sentía un cariño muy especial hacia él y hacia toda su familia después de una convivencia diaria”.

“El día a día con alguien de su dimensión ya no es que diera para escribir un libro, sino que daba para escribir una enciclopedia entera, me ha dejado millones de recuerdos, hoy se va alguien Gigante, en mayúscula, insustituible, con una dignidad y una grandeza en el toreo sólo comparables a su enorme valor humano. Tan sólo espero poder algún día alcanzar el nivel que me intentó enseñar en todas sus lecciones de vida, porque Ángel, sobre todo, era eso un caleidoscopio de valores que no diferenciaba entre clases ni escalones, para él, todos eran iguales, sin distinciones, es más, siempre antepuso la felicidad de los demás a la suya… Era un santo”, recuerda afectada.

“En los malos momentos, ha estado siempre pegado a mí, era un hombro en el que apoyarme, sobre el que auparme para salir a flote, por eso, era una persona tan querida por todo el mundo, nunca a nadie se le escuchó hablar mal de él. Ahí está el mejor elogio a su figura. A mí, en lo personal, me deja un legado tanto taurino como humano’. Inmensas enseñanzas taurinas, sobre los terrenos, el toro…’ ‘Pero el mejor consejo siempre fue, precisamente, no aconsejarme, darme alas de libertad, aunque no faltara nunca ese ojo suyo puesto en mí, me dejó volar mucho, equivocarme yo sola, con mis propias decisiones, para así aprender de los errores y crecer”, agradece Lea Vicens.  

La amazona recuerda aquellos tiempos en los que era sólo una chiquilla, cuando llegó hace 12 años a España, soñando con abrirse paso y emular la gloria de sus faenas. El maestro Peralta le abrió las puertas de su rancho, de su casa, de su vida e incluso hizo un paseíllo más en Nimes para otorgarle la alternativa como simbólico padrino de la ceremonia.

“Me acompañó cientos de tardes, daba igual dónde, caminó conmigo como mi primer apoderado, algo por lo que siento orgullo, e incluso creyó en mí más que yo cuando flaqueaba el ánimo, porque otra de sus virtudes es que a todas las situaciones buenas o malas trataba de sacarle el lado positivo. Como persona, era un filósofo de la vida, digno siempre en todos los lugares en los que pisaba, por muy desagradable que fuera la situación o serio el problema. Sacaba esa sangre fría y calmaba cualquier situación, nadie templaba situaciones como él, creo que esa es la mejor cualidad que me ha donado todos estos años juntos: ponerle ese temple a la vida, porque no siempre todo es raza” concluye Lea Vicens.

D.E.P. D.ÁNGEL PERALTA